La escuela contemporánea ha sido acompañada, desde sus orígenes, por una profusa literatura apologética legitimadora que insiste en subrayar su valor social y en considerarla como el elemento clave en la construcción de una ciudadanía democrática.

Sin embargo, en los últimos años, la apología parece haber dado paso a la acusación. Los acusadores creen que hay muchas razones para sospechar de la escuela pública. Algunas de esas razones tienen que ver con la naturaleza de esa institución creada por el Estado burgués para asegurar la consecución de sus fines. Dicha naturaleza recoge lo más esencial de la modernidad que, como todos sabemos, está en crisis; ha sido interpelada por nuevos fenómenos que impugnan sus valores decimonónicos y sus discursos legitimadores que ‒como todo discurso, si le creemos a Nietzsche y a sus seguidores– no siempre son diáfanos, verdaderos e inocentes.